1. Nieve
El mundo sufre. Pero Ámaris ni se da cuenta. Sentada sobre cojines blancos de algodón, en el Trono Nieve de Ben-zjing, contempla las montañas de Sauturno sin darles la más mínima importancia. La nieve descansa en sus picos, como la preocupación en la cabeza de la nueva Reina de Nieve. Ámaris sabe que su hermano está viajando hacia el Sur, y que en estos tiempos de guerra, el Rey Francís todavía cuida por su amada, mirándola desde El Zielo, al lado de los Tronos de Zelón. Y sabe que lo que hace Marius es noble, y viaja por una causa que lo lleva hasta la justicia y absolución. Pero la soledad duele... y el frío que entra por la ventana le recuerda a La Reina la falta de los brazos que la calentaban; le recuerda de la muerte que amenaza a los pueblos de Ben-zjing. Y le recuerda que en las montañas... en los hondos subterráneos de Sauturno...
Ámaris se da un sacudido; y se ajusta el abrigo, de pieles negras, apegándolo más a sus hombros y cerrándolo ante sus pechos. Se levanta de su trono y camina hacia el Norte para cerrar la ventana de marfil. “Ya estoy cansada de recibir los vientos del Norte”, piensa, “No nací en la nieve, pero moriré aquí. ¡Pero me reúso a morir así!”
“¡De nuevo cosechando las llamas del pasado!”, una voz femenina, fuerte y madura, penetra a las cámaras acústicas del Trono de la Nieve, “¡Te quemarás con tu propio llanto, si las lágrimas las sueltas para el calor de Hemon-zjing!” La mujer cierra la puerta de entrada y camina hacia La Reina.
“Mila, me sorprendes; como siempre...”, La Reina deja la ventana y se revuelve hacia la mujer, “Entra, pues, y háblame de las cosas que has venido a decirme. ¡Porque de regaños, y de instrucciones de cómo guiar mi corazón, no quiero oír!”
Mila-lunna Sorquinara, consejera oficial del Trono de la Nieve, compañera de años de Ámaris, y notoria Mentalista, se acerca más hacia su amiga, hasta poder cogerla de las manos, y le dice, “Estas cosas de las cuales no quieres hablar, pero sin embargo abarcan tu mente todos los días, pueden ser perjudiciales para ti ¡y para tu reino! ...Pero tienes razón cuando dices que son otras cosas las que te vengo a decir. Así que hablaremos de lo importante en otra ocasión.” Mila-lunna le da una mirada de madre a La Reina, y le anuncia que su mandado a llegado.
“Déjalo pasar”, responde Ámaris, tomando de nuevo su trono.
Las puertas de La Real Cámara se abren suavemente; todo el esplendor de su oro-blanco deslizándose lateralmente através de la mirada de Elton Wo, quien espera la entrada. Lo recibe una mujer alta, delgada, de mayor edad; aunque su bello cutis y ojos juveniles ponen en duda la razón de los cabellos grises de su cabeza. Madame Sorquinara está vestida de violeta y negro, en un traje elegante y robusto, halagador a la cintura, y con cuello y puños gruesos para aguantar el calor. Sus ojos negros son penetrantes cuando le anuncia a Elton, “La Reina Nieve le verá ahora.”
La Real Cámara de Nieve es una sala amplia, blanca, con pocas decoraciones extravagantes, pero mucha belleza sutil. En las esquinas hay jarrones con rosas blancas, y la alfombra es de diseños abstractos que mezclan los colores de la nieve, las nubes, la noche, el humo, y la piel. En el fondo hay una gran ventana de cristal, con un marco de marfil. A lo lejos, más allá de la ventana, la nieve cae sobre Sauturno. En el centro de la cámara se encuentra El Trono de Nieve; asiento para dos, acojinado, y totalmente blanco. Se desplaza horizontalmente, paralelo a la pared de la gran ventana, con brazos a ambos lados. Es un banco sin espaldar; para que el Rey Nieve pueda contemplar hacia el Sur como al Norte, como guste.
En el Trono está sentada Ámaris Linienza Puro. En su cabeza, una corona de cristal que la nombra Reina Nieve. Hoy viste de negro, viuda ya por tres días. Su abrigo y sus pantalones negros hacen que resalte su cabello rubio ondulado; cabello que le cae bajo sus hombros, sobre sus pechos. Y sus ojos azules son el reflejo de un copo de nieve, pero hoy es un azul oscuro, como mar en tormenta.
“Elton Wo”, La Reina lo recibe.
“Su Majestad”, Wo responde, inclinándose, en el saludo acostumbrado, “Yo, Elton Wo de Sauturno, le sirvo.”
“¿Conoce usted de la leyenda de Darón?”, La Reina le pregunta.
“Darón es muy conocido en Las Montañas. Al igual que sus hazañas.”, es la respuesta.
“Quiero que usted vaya a Sauturno”, le pide La Reina, “Usted debe saber de todos sus secretos... Cuando salga de Ben-zjing, y cruce El Bosque Fam, y haya regresado a Las Montañas de Sauturno... quiero que encuentre a su héroe mítico. Es importante que le lleves un mensaje a Darón.”
“Si alguien puede encontrarlo, ese soy yo, Su Alteza. De eso no tema. Dígame su mensaje, Mi Reina, y yo lo haré llegar”, el fiel Elton Wo le dice.
“Pues acércate más, querido Wo...”, La Reina lo mira con urgencia fría, “...que lo que escucharás no se puede pronunciar muy alto en ninguna parte del mundo. Lo que escucharás... tiene el poder de destruir a ambos ¡Ben y Hemon-zjing!, ¡y todas las civilizaciones que de estas han sido derivadas!”
Ámaris se da un sacudido; y se ajusta el abrigo, de pieles negras, apegándolo más a sus hombros y cerrándolo ante sus pechos. Se levanta de su trono y camina hacia el Norte para cerrar la ventana de marfil. “Ya estoy cansada de recibir los vientos del Norte”, piensa, “No nací en la nieve, pero moriré aquí. ¡Pero me reúso a morir así!”
“¡De nuevo cosechando las llamas del pasado!”, una voz femenina, fuerte y madura, penetra a las cámaras acústicas del Trono de la Nieve, “¡Te quemarás con tu propio llanto, si las lágrimas las sueltas para el calor de Hemon-zjing!” La mujer cierra la puerta de entrada y camina hacia La Reina.
“Mila, me sorprendes; como siempre...”, La Reina deja la ventana y se revuelve hacia la mujer, “Entra, pues, y háblame de las cosas que has venido a decirme. ¡Porque de regaños, y de instrucciones de cómo guiar mi corazón, no quiero oír!”
Mila-lunna Sorquinara, consejera oficial del Trono de la Nieve, compañera de años de Ámaris, y notoria Mentalista, se acerca más hacia su amiga, hasta poder cogerla de las manos, y le dice, “Estas cosas de las cuales no quieres hablar, pero sin embargo abarcan tu mente todos los días, pueden ser perjudiciales para ti ¡y para tu reino! ...Pero tienes razón cuando dices que son otras cosas las que te vengo a decir. Así que hablaremos de lo importante en otra ocasión.” Mila-lunna le da una mirada de madre a La Reina, y le anuncia que su mandado a llegado.
“Déjalo pasar”, responde Ámaris, tomando de nuevo su trono.
Las puertas de La Real Cámara se abren suavemente; todo el esplendor de su oro-blanco deslizándose lateralmente através de la mirada de Elton Wo, quien espera la entrada. Lo recibe una mujer alta, delgada, de mayor edad; aunque su bello cutis y ojos juveniles ponen en duda la razón de los cabellos grises de su cabeza. Madame Sorquinara está vestida de violeta y negro, en un traje elegante y robusto, halagador a la cintura, y con cuello y puños gruesos para aguantar el calor. Sus ojos negros son penetrantes cuando le anuncia a Elton, “La Reina Nieve le verá ahora.”
La Real Cámara de Nieve es una sala amplia, blanca, con pocas decoraciones extravagantes, pero mucha belleza sutil. En las esquinas hay jarrones con rosas blancas, y la alfombra es de diseños abstractos que mezclan los colores de la nieve, las nubes, la noche, el humo, y la piel. En el fondo hay una gran ventana de cristal, con un marco de marfil. A lo lejos, más allá de la ventana, la nieve cae sobre Sauturno. En el centro de la cámara se encuentra El Trono de Nieve; asiento para dos, acojinado, y totalmente blanco. Se desplaza horizontalmente, paralelo a la pared de la gran ventana, con brazos a ambos lados. Es un banco sin espaldar; para que el Rey Nieve pueda contemplar hacia el Sur como al Norte, como guste.
En el Trono está sentada Ámaris Linienza Puro. En su cabeza, una corona de cristal que la nombra Reina Nieve. Hoy viste de negro, viuda ya por tres días. Su abrigo y sus pantalones negros hacen que resalte su cabello rubio ondulado; cabello que le cae bajo sus hombros, sobre sus pechos. Y sus ojos azules son el reflejo de un copo de nieve, pero hoy es un azul oscuro, como mar en tormenta.
“Elton Wo”, La Reina lo recibe.
“Su Majestad”, Wo responde, inclinándose, en el saludo acostumbrado, “Yo, Elton Wo de Sauturno, le sirvo.”
“¿Conoce usted de la leyenda de Darón?”, La Reina le pregunta.
“Darón es muy conocido en Las Montañas. Al igual que sus hazañas.”, es la respuesta.
“Quiero que usted vaya a Sauturno”, le pide La Reina, “Usted debe saber de todos sus secretos... Cuando salga de Ben-zjing, y cruce El Bosque Fam, y haya regresado a Las Montañas de Sauturno... quiero que encuentre a su héroe mítico. Es importante que le lleves un mensaje a Darón.”
“Si alguien puede encontrarlo, ese soy yo, Su Alteza. De eso no tema. Dígame su mensaje, Mi Reina, y yo lo haré llegar”, el fiel Elton Wo le dice.
“Pues acércate más, querido Wo...”, La Reina lo mira con urgencia fría, “...que lo que escucharás no se puede pronunciar muy alto en ninguna parte del mundo. Lo que escucharás... tiene el poder de destruir a ambos ¡Ben y Hemon-zjing!, ¡y todas las civilizaciones que de estas han sido derivadas!”

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