3. El Trono De La Luna
El viento le trajo nieve a sus ojos y el olor de grama húmeda a sus narices. Veatrice Nú ajustó la vaina de su espada sin darse cuenta. Estaban cerca. ¿Sería posible?
Dejó que el frío entrara por su justillo de cuero durante un momento, parándole los pelos, y luego encaminó concentrada de nuevo. La nieve que pisaba no era muy profunda, podía seguir las huellas de Hokkaido fácilmente; pero los árboles que le rodeaban estaban totalmente bañados de blanco, y el viento picaba tan feroz como el propio compañero canino de Veatrice.
Hokkaido se había ido adelante, como siempre, para explorar el bosque. Si había un camino que encontrar, Hokkaido lo encontraría. Pronto, Veatrice se esperanzaba, porque ya el frío era muy tenaz. Además, habían estado caminando ya por 6 días; ¡casi todo el Bosque Fam! Pero, Hokkaido estaba seguro de que la nieve no había caído en todas partes… y la búsqueda continuaba…
“Es sólo un sueño lo que tuve”, la joven Veatrice le imploraba a su compañero, “¿Cómo va a caer la tormenta de nieve más grande que se haya visto en Ben-zjing, y haberse quedado a salvo un pedazo de bosque? ¡Es absurdo!” Pero, Veatrice ya sabía la respuesta. La había escuchado tantas veces… “No seguir tus sueños es absurdo.”
Así, Veatrice Nú se encontraba en la búsqueda de ese pedacito de verde, en medio del mundo pálido que era ahora el Bosque Fam. Pero, ¿lo encontrarían? Las narices no mienten, ¿o sí? Ese olor fue de ¡grama verde! De seguro el olfato de Hokkaido lo encontró.
Entonces, frente a Veatrice un arbusto se movió. Estremeció sus ramitas, dejando caer más nieve al suelo. Y del arbusto salió una bestia en cuatro patas, que respiraba casi sin aire. Cubierta de nieve, la bestia miró hacia Veatrice con ojos amarillos que enseñaban algo parecido a locura. Parecía hasta… regalarle una mueca… a Veatrice...
El animal sólo dió medio paso hacia ella, y se desplomó en el nevado. “¡Hokki!” Veatrice reconoció el pequeño cuerpo de su lobo, con el collar de hielo que siempre llevaba alrededor de su cuello, y se echó hacia él. “¡Hokki!” Tirada junto a Hokkaido, le trataba de quitar la más nieve de encima posible. Le abrazaba para darle de su calor. Aguantando su cabeza con una mano, y con la otra acariciando el pelaje mojado del lobo gris, Veatrice le preguntaba sobre su condición.
“Vea… Vea…”, le habló él a ella. Hokkaido intentaba de decirle algo. Su hocico cansado apenas podía mover la lengua, pero al menos sí podía hablar. Vea se contentó por ésto. “Dímelo, querido Hokki, ¿qué te ha ocurrido?”, preguntó Vea.
“Lo… encontré…”, le dijo el lobo a Veatrice, y quedó inconciente en brazos de la sacerdotiza.
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Cuándo un lobo despierta, su primer sentido es el olfato. Y Hokkaido lo primero que olió fue algo quemándose. Grama… ¡¿grama seca!?
Sí ¡Exacto! No había sido un sueño. Había encontrado el lugar sin nieve dentro del Bosque Fam. Y si su vista se ajustaría, se diera cuenta de que estaba allí ahora, frente a una fogata, junto a su amiga Veatrice. Porque a ella le había reconocido el olor también inmediatamente.
En efecto, cuando el lobo gris pudo estudiar sus alrededores con la vista, vió que se encontraban en una pequeña llanura verde encerrada por un círculo de árboles nevados. Veatrice estaba a su lado…pero… no había tal fogata. El calor de fuego emanaba de un objeto inmenso en el centro del valle. Parecía una pila de basura, del tamaño de un carruaje. Donde yacía no había grama, solo tierra y hollín. Alrededor suyo, la grama estaba quemada a marrón. No tenía fuego encima, ni hacía movimiento alguno. Hokkaido no sabía lo que era, pero sabía que al tratar de acercársele la primera vez (para olfatearlo), le había causado mareos y eventualmente aquel desmayo. Decidió ignorar el objeto misterioso por ahora. A Vea no le parecía hacer ningún tipo de daño o efecto. La sacerdotiza contemplaba el objeto sin ninguna incomodidad.
Hokkaido se tomó un momento para observar más a Vea, antes de dejarle saber que había despertado. La sacerdotiza se veía agotada. Era muy joven aún, apenas de 20 años, pero la carga de su niñez y de su oficio ya le ponía cansancio en su mirada. Esa mirada… Hokkaido sabía que Veatrice era su humano favorito en toda la zjing, y una mirada de su sacerdotiza era inigualable. Y no sólo porque Vea tenía el ojo derecho verde y el izquierdo castaño, sino que la fuerza que tenía el haber conocido esa mirada desde que la propia Vea abrió sus ojitos por primera vez… Y conocer lo que las miradas trajeron después. Saber que en cualquier momento, ya Veatrice no te estaba mirando a ti, sino a algo más allá inexplicable. Futuros o fantasías, sus visiones siempre eran importantes. La carga de su niñez.
La mirada de Hokkaido se tornó hacia la espada que estaba amarrada a la cintura de Vea. La carga de su oficio. Veatrice Nú le servía a la L.U.N.A. desde los 4 años de edad. La Liga Umbría de Noctámbulos Armados se encargaba de patrullar la zjing y protegerla de los maleficios de la noche. Especialmente, de las bestias demoniácas que vivían en la luna, y a veces bajaban a causar dolores, muertes, y caos. Entrenada desde los 4 años, Vea fue protegida por su lobo Hokkaido, mientras la sacerdotiza protegía a los más débiles. Su cargo: que todo ser vivo sobre la zjing, pudiera ver la luz del sol. Aún con esos cargos en su mirada, y con la falsa vejez, Hokkaido pensaba que Veatrice era hermosa.
Ella no tardó en darse cuenta que alquien la observaba. Mirando aún hacia el misterio en el mismo medio de la llanura verde, Vea le habló a su lobo gris, “¿Cómo te sientes?”
“Mejor.”, contestó Hokkaido, luego de haberse dejado sonreir por haber sido descubierto.
“¿Qué crees que te hizo desmayar así?”, preguntó Vea.
“La verdad es que no entiendo”, Hokkaido le dijo, “Me siento bien, ahora.” Entonces el lobo decidió estudiar aquella cosa. “Se estará quemando, ¿no? Me huele.”
“Emana calor. El aire se ve trémulo sobre ello”, contestó Vea, “Pero no creo que se esté quemando. Hemos estado aquí un largo rato, y todavía no veo señas de que su composición haya cambiado.”
“Quizás no entendemos su composición”, aportó el lobo, “No parece ser de ningún material que conozcamos.”
“Está hecho de muchos”, la joven explicó, “Creo que está hecho de los metales que se encuentran en la luna.”
“¿Crees que cayó ¡de la luna!?”, Hokkaido sonaba un poco indignado, “¡Eso es inimaginable!”
“He visto metales como ése cuando he estado cerca de la luna”, insistió Vea.
“¡Entonces has viajado muy cerca!”, protestó Hokkaido, “Los demonios lunares ya te han afectado ¡hasta la mente!”
“No creo que los Draqos tengan que ver algo con ésto”, continuaba la sacerdotiza, “Ellos no tienen la tecnología. No podrían estar tan avanzados en el conocimiento de metales…”
“¡No he visto mano humana ni pata animal crear tal objeto con metales!”, interrumpió Hokkaido.
“Tienes razón”, por fin Vea miró a Hokkaido a los ojos, y le sonrió, “Tampoco criatura de la zjing pudo haber creado eso. Es una señal de los Dioses.”
“¿Los Dioses?”, respondió Hokkaido, “Y, ¿de cuándo a acá, nosotros los mortales tenemos algún tipo de contacto con los Dioses? ¡Algunos en la zjing, ya hasta no creen en ellos! ¿De cuándo a acá, tu propia Diosa de la Luna te ha mandado algún mensaje?”
Vea se levanta, aún con su sonrisa, y comienza a caminar hacia el objeto, “Desde hoy.”
“Ten cuidado”, le advierte el lobo. Y se levanta y la acompaña.
“¿Sabes como las leyendas siempre dicen que los Dioses son la imagen gloriosa de las criaturas en la zjing?”, hablaba Vea mientras caminaba, “Son representados en pinturas y dibujos, como hombres y animales… Si los Dioses son como nosotros…”
Vea le apunta con un dedo al objeto. La mirada de Hokkaido torna hacia la pila calurosa. ¡Y el lobo no puede creer lo que ve! Allí, en medio de todos los restos de metal, se hallaba incrustado un pedazo de tela en forma de ‘L’. La tela era gruesa y parecía estar acojinada… ¡como un trono! ¡Una silla en medio de la basura de metal! Hecha para el hombre, la silla parecía poder sentar a dos personas.
El lobo se quedó mudo. Y Vea retuvo su sonrisa.
Dejó que el frío entrara por su justillo de cuero durante un momento, parándole los pelos, y luego encaminó concentrada de nuevo. La nieve que pisaba no era muy profunda, podía seguir las huellas de Hokkaido fácilmente; pero los árboles que le rodeaban estaban totalmente bañados de blanco, y el viento picaba tan feroz como el propio compañero canino de Veatrice.
Hokkaido se había ido adelante, como siempre, para explorar el bosque. Si había un camino que encontrar, Hokkaido lo encontraría. Pronto, Veatrice se esperanzaba, porque ya el frío era muy tenaz. Además, habían estado caminando ya por 6 días; ¡casi todo el Bosque Fam! Pero, Hokkaido estaba seguro de que la nieve no había caído en todas partes… y la búsqueda continuaba…
“Es sólo un sueño lo que tuve”, la joven Veatrice le imploraba a su compañero, “¿Cómo va a caer la tormenta de nieve más grande que se haya visto en Ben-zjing, y haberse quedado a salvo un pedazo de bosque? ¡Es absurdo!” Pero, Veatrice ya sabía la respuesta. La había escuchado tantas veces… “No seguir tus sueños es absurdo.”
Así, Veatrice Nú se encontraba en la búsqueda de ese pedacito de verde, en medio del mundo pálido que era ahora el Bosque Fam. Pero, ¿lo encontrarían? Las narices no mienten, ¿o sí? Ese olor fue de ¡grama verde! De seguro el olfato de Hokkaido lo encontró.
Entonces, frente a Veatrice un arbusto se movió. Estremeció sus ramitas, dejando caer más nieve al suelo. Y del arbusto salió una bestia en cuatro patas, que respiraba casi sin aire. Cubierta de nieve, la bestia miró hacia Veatrice con ojos amarillos que enseñaban algo parecido a locura. Parecía hasta… regalarle una mueca… a Veatrice...
El animal sólo dió medio paso hacia ella, y se desplomó en el nevado. “¡Hokki!” Veatrice reconoció el pequeño cuerpo de su lobo, con el collar de hielo que siempre llevaba alrededor de su cuello, y se echó hacia él. “¡Hokki!” Tirada junto a Hokkaido, le trataba de quitar la más nieve de encima posible. Le abrazaba para darle de su calor. Aguantando su cabeza con una mano, y con la otra acariciando el pelaje mojado del lobo gris, Veatrice le preguntaba sobre su condición.
“Vea… Vea…”, le habló él a ella. Hokkaido intentaba de decirle algo. Su hocico cansado apenas podía mover la lengua, pero al menos sí podía hablar. Vea se contentó por ésto. “Dímelo, querido Hokki, ¿qué te ha ocurrido?”, preguntó Vea.
“Lo… encontré…”, le dijo el lobo a Veatrice, y quedó inconciente en brazos de la sacerdotiza.
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Cuándo un lobo despierta, su primer sentido es el olfato. Y Hokkaido lo primero que olió fue algo quemándose. Grama… ¡¿grama seca!?
Sí ¡Exacto! No había sido un sueño. Había encontrado el lugar sin nieve dentro del Bosque Fam. Y si su vista se ajustaría, se diera cuenta de que estaba allí ahora, frente a una fogata, junto a su amiga Veatrice. Porque a ella le había reconocido el olor también inmediatamente.
En efecto, cuando el lobo gris pudo estudiar sus alrededores con la vista, vió que se encontraban en una pequeña llanura verde encerrada por un círculo de árboles nevados. Veatrice estaba a su lado…pero… no había tal fogata. El calor de fuego emanaba de un objeto inmenso en el centro del valle. Parecía una pila de basura, del tamaño de un carruaje. Donde yacía no había grama, solo tierra y hollín. Alrededor suyo, la grama estaba quemada a marrón. No tenía fuego encima, ni hacía movimiento alguno. Hokkaido no sabía lo que era, pero sabía que al tratar de acercársele la primera vez (para olfatearlo), le había causado mareos y eventualmente aquel desmayo. Decidió ignorar el objeto misterioso por ahora. A Vea no le parecía hacer ningún tipo de daño o efecto. La sacerdotiza contemplaba el objeto sin ninguna incomodidad.
Hokkaido se tomó un momento para observar más a Vea, antes de dejarle saber que había despertado. La sacerdotiza se veía agotada. Era muy joven aún, apenas de 20 años, pero la carga de su niñez y de su oficio ya le ponía cansancio en su mirada. Esa mirada… Hokkaido sabía que Veatrice era su humano favorito en toda la zjing, y una mirada de su sacerdotiza era inigualable. Y no sólo porque Vea tenía el ojo derecho verde y el izquierdo castaño, sino que la fuerza que tenía el haber conocido esa mirada desde que la propia Vea abrió sus ojitos por primera vez… Y conocer lo que las miradas trajeron después. Saber que en cualquier momento, ya Veatrice no te estaba mirando a ti, sino a algo más allá inexplicable. Futuros o fantasías, sus visiones siempre eran importantes. La carga de su niñez.
La mirada de Hokkaido se tornó hacia la espada que estaba amarrada a la cintura de Vea. La carga de su oficio. Veatrice Nú le servía a la L.U.N.A. desde los 4 años de edad. La Liga Umbría de Noctámbulos Armados se encargaba de patrullar la zjing y protegerla de los maleficios de la noche. Especialmente, de las bestias demoniácas que vivían en la luna, y a veces bajaban a causar dolores, muertes, y caos. Entrenada desde los 4 años, Vea fue protegida por su lobo Hokkaido, mientras la sacerdotiza protegía a los más débiles. Su cargo: que todo ser vivo sobre la zjing, pudiera ver la luz del sol. Aún con esos cargos en su mirada, y con la falsa vejez, Hokkaido pensaba que Veatrice era hermosa.
Ella no tardó en darse cuenta que alquien la observaba. Mirando aún hacia el misterio en el mismo medio de la llanura verde, Vea le habló a su lobo gris, “¿Cómo te sientes?”
“Mejor.”, contestó Hokkaido, luego de haberse dejado sonreir por haber sido descubierto.
“¿Qué crees que te hizo desmayar así?”, preguntó Vea.
“La verdad es que no entiendo”, Hokkaido le dijo, “Me siento bien, ahora.” Entonces el lobo decidió estudiar aquella cosa. “Se estará quemando, ¿no? Me huele.”
“Emana calor. El aire se ve trémulo sobre ello”, contestó Vea, “Pero no creo que se esté quemando. Hemos estado aquí un largo rato, y todavía no veo señas de que su composición haya cambiado.”
“Quizás no entendemos su composición”, aportó el lobo, “No parece ser de ningún material que conozcamos.”
“Está hecho de muchos”, la joven explicó, “Creo que está hecho de los metales que se encuentran en la luna.”
“¿Crees que cayó ¡de la luna!?”, Hokkaido sonaba un poco indignado, “¡Eso es inimaginable!”
“He visto metales como ése cuando he estado cerca de la luna”, insistió Vea.
“¡Entonces has viajado muy cerca!”, protestó Hokkaido, “Los demonios lunares ya te han afectado ¡hasta la mente!”
“No creo que los Draqos tengan que ver algo con ésto”, continuaba la sacerdotiza, “Ellos no tienen la tecnología. No podrían estar tan avanzados en el conocimiento de metales…”
“¡No he visto mano humana ni pata animal crear tal objeto con metales!”, interrumpió Hokkaido.
“Tienes razón”, por fin Vea miró a Hokkaido a los ojos, y le sonrió, “Tampoco criatura de la zjing pudo haber creado eso. Es una señal de los Dioses.”
“¿Los Dioses?”, respondió Hokkaido, “Y, ¿de cuándo a acá, nosotros los mortales tenemos algún tipo de contacto con los Dioses? ¡Algunos en la zjing, ya hasta no creen en ellos! ¿De cuándo a acá, tu propia Diosa de la Luna te ha mandado algún mensaje?”
Vea se levanta, aún con su sonrisa, y comienza a caminar hacia el objeto, “Desde hoy.”
“Ten cuidado”, le advierte el lobo. Y se levanta y la acompaña.
“¿Sabes como las leyendas siempre dicen que los Dioses son la imagen gloriosa de las criaturas en la zjing?”, hablaba Vea mientras caminaba, “Son representados en pinturas y dibujos, como hombres y animales… Si los Dioses son como nosotros…”
Vea le apunta con un dedo al objeto. La mirada de Hokkaido torna hacia la pila calurosa. ¡Y el lobo no puede creer lo que ve! Allí, en medio de todos los restos de metal, se hallaba incrustado un pedazo de tela en forma de ‘L’. La tela era gruesa y parecía estar acojinada… ¡como un trono! ¡Una silla en medio de la basura de metal! Hecha para el hombre, la silla parecía poder sentar a dos personas.
El lobo se quedó mudo. Y Vea retuvo su sonrisa.

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